En el pueblo se camina porque sí: para ir al banco, para devolver una fuente, para tomar el aire. Sin zapatillas técnicas y sin contar pasos.
La gente del pueblo camina mucho más de lo que cree. No hay gimnasio en cada esquina, pero hay cuestas, callejones y un banco al final del paseo. El movimiento está cosido a las horas.
La diferencia con el ejercicio «de ciudad» es la ausencia de intención. Aquí no se sale a caminar: se sale a un recado, y caminar es la forma natural de llegar.
No es un paseo «de salud» de cuarenta minutos en línea recta. Es un circuito: salir con tres encargos, hacerlos a pie, parar a saludar, volver. Sin cronómetro.
En verano se sale temprano o se busca la acera de sombra. El pueblo está pensado para caminar incluso en agosto: muros gruesos, calles estrechas, fuentes públicas.
Caminar dos o tres veces al día a ritmo suave mejora la digestión, regula el azúcar en sangre y reduce el estrés más que una sesión intensa una vez por semana. Y nadie lo llama «entrenar».