Antes de la nevera había mercado, y todavía hoy es donde se decide lo que se va a comer. Aquí no se compra: se elige, se charla y se aprende.
Entrar en un mercado de abastos es entrar en una conversación que lleva décadas abierta. Los puestos son los mismos, los nombres también. Cambian las temporadas y, con ellas, los colores de las cajas.
Comprar en el mercado obliga a planificar la comida del día, no de la semana. Eso significa que llevas menos a casa, lo gastas todo y comes lo que está en su mejor momento.
En el mercado no necesitas un calendario de temporada: lo decide la oferta. En primavera, habas y guisantes; en verano, tomate y pimiento; en otoño, calabaza, setas y membrillo; en invierno, naranjas, alcachofas y coles.
Se compra para uno o dos días. Doscientos gramos de pescado, un puñado de habas, tres tomates. Es más caro por kilo, pero al final se tira mucho menos y se cocina mejor.
El mercado es también el periódico oral del pueblo. Cinco minutos en la cola sustituyen a una hora de redes: te enteras de qué ha pasado y a quién hay que visitar.