No es pereza ni vagancia: es estrategia. La siesta bien hecha es corta, ligera y aparece justo cuando el cuerpo lo pide.
La siesta tiene mala prensa fuera de España, donde se imagina larga y ruidosa. La de verdad es discreta: una persiana medio bajada, un sofá fresco, los pies en alto y un libro que se cae al suelo a los pocos minutos.
El sur del país es el más obvio: con cuarenta grados a la calle, parar entre las tres y las cinco es una forma de supervivencia. Pero también es una forma de productividad: la tarde rinde el doble.
Quince a veinte minutos. Más allá entras en sueño profundo y te despiertas peor de lo que te acostaste. La «siesta del carnero», la que dura una hora, es para los domingos y los fines de fiesta.
Entre las 14:30 y las 16:30, después de comer. Coincide con un bajón natural del ritmo circadiano: el cuerpo lo pide aunque hayas dormido bien por la noche.
Vale tumbarse con los ojos cerrados, respirar despacio y no esperar nada. Diez minutos de descanso consciente equivalen a buena parte de los beneficios de la siesta real.