Por la noche se come poco y bien. Tres platos pequeños compartidos en la barra de un bar valen más que un plato grande comido en silencio.
La cena española es liviana, casi tardía y casi siempre social. En verano se traslada a la terraza; en invierno, a la barra del bar de la esquina. La regla es no llenarse: el cuerpo debe llegar a la cama ligero.
Las tapas son un sistema, no un menú. Cada uno pide algo, todo se pone en el centro, se prueba un poco de cada cosa. La conversación gana al protagonismo del plato.
Una tapa no es un plato: son tres o cuatro bocados. Eso obliga a comer despacio, hablar entre bocado y bocado y parar cuando ya estás satisfecho, no cuando el plato se acaba.
El menú típico de tapas tiene más verdura y pescado de lo que parece: pimientos asados, gazpacho, boquerones en vinagre, mejillones, espárragos, ensaladilla. La fritura existe pero no manda.
Una caña pequeña o una copa de vino acompañan la cena. La sobremesa de la noche es más corta y se prolonga, si acaso, con un paseo de regreso.